Un amor tardío

Un amor tardío

Detrás de la hermosa franja que ahora cruza mi pecho hay un pasado. Y no me refiero a un pasado muy adecuado para cualquier aficionado al Puebla. Se trata de un pasado que podemos calificar como oscuro, sin rumbo, ciego. Mi familia y amigos cercanos lo conocen y hoy en día lo confieso. Le contaré mi historia de amor con el Puebla Fútbol Club y con el deporte en esencia.

Vengo de una familia completamente ‘futbolera’, donde el deporte es prácticamente una religión o incluso más que eso. De abuelos aficionados e hijos practicantes, nací en una familia concebida para patear el balón y admirar todo lo que esto conlleva. Mi papá trató de infundirme desde pequeño el amor al fútbol, pero por alguna razón no encontraba aún ese arte que todo amante del soccer (como lo llaman los ‘gringos’) aprecia en un pase bien dado, en un tiro bien dirigido, en una barrida salvadora o en un gol de campeonato. Había nacido, al parecer, condenado a la indiferencia por el deporte que hoy considero el mejor del mundo.

Recuerdo la primera vez que mi papá me llevo al estadio, me parece que fue un partido Puebla contra Tigres, pero mi caprichosa memoria no me permite recordarlo adecuadamente, pues estuve más entretenido mirando las nubes que en el partido como tal. Sí, me aburrí mucho y preferí buscar figuras en el cielo que ver ese aburrido deporte lleno de hombres buscando meter una pelota en un arco.

Como usted se imaginará, querido lector, mi padre no podía estar más desconsolado: su único hijo había nacido indiferente al fútbol. A pesar de todos sus intentos, los cuales incluían una fiesta de cumpleaños con la temática del futbol y el Puebla F.C, parecía que no había un remedio para convencerme de la grandeza de este deporte. Al principio fue muy difícil, pero con el paso de los años la resignación ganó terreno y comprendió que lo que a mi me gustaba en ese momento era un juego muy entretenido llamado basketball.

Con el crecimiento comprendí que existían varios equipos de soccer, y la incomodidad era palpable cuando me preguntaban a qué equipo apoyaba, pues no sabía que contestar. Fue así que un día me decidí por contestar con el nombre de uno de los equipos que oía siempre: el América. Efectivamente, mi primer equipo fue uno de los ‘grandes’ del fútbol mexicano. Sin embargo yo solo decía que era fan de las águilas por contestar algo, por aparentar conocimiento y no reflejar la ignorancia  e indiferencia que sentía sobre el deporte nacional.

Por aquellos años sucedió un evento importante, yo sabía que algo importante podía pasar, pues escuchaba a mi emocionado padre mencionar que “el Puebla podía recuperar la categoría”. Evidentemente, yo no sabía exactamente de qué hablaba, solo recuerdo que el día esperado llegó y mis papás y yo tuvimos que atender un compromiso fuera de la ciudad, por lo que mi papá me pidió en un dado momento quedarme en el coche escuchando el partido por radio y reportarle el resultado final. Seguramente sabe que le hablo del ascenso del 2007, donde la Franja derrotó contundentemente a los Dorados de Sinaloa. Pero ese día el Puebla no solo volvió a la Primera División, sino que sembró una semilla que aún tardaría un poco en germinar.

Saber que el equipo de mi ciudad había vuelto a la máxima categoría despertó algo de interés en mi, aunque seguía sin importarme el fútbol y el equipo, comencé a acercarme más al deporte. Comencé a jugar un poco en los recreos y a preguntarle a mi papá las clásicas preguntas. ¿En un saque de banda se la puedes pasar al portero? ¿Cuánto dura un partido? ¿Por qué no se puede meter la mano? En verdad estaba perdido.

Fue hasta aproximadamente los trece años que algo cambió radicalmente en mi y el fútbol se convirtió en un gusto más que en una herencia paterna. Fue ahí que decidí que si me iba a gustar el fútbol tenía que apoyar a un verdadero equipo, uno con el cual pudiera identificarme completamente y por el cual la nueva pasión se me desbordara. Elegí al Puebla, ¿o el Puebla me eligió a mi? Yo creo que Dios me tuvo reservado este regalo de categoría y etiqueta por algún extraño capricho del destino. Sin embargo ahí estaba yo, empezando la secundaria y ya decidido y atraído por fin al deporte. Cuando le pedí a mi papá que me comprara una playera del Puebla inmediatamente me llevó a la tienda de deportes más cercana y sin más me la regaló. Lo que más recuerdo de ese día es la orgullosa y aliviada sonrisa en su rostro.

Un par de años después de eso sucedió lo que parecía un milagro: Puebla avanzaba a la liguilla después de lo que parecían siglos. Aún no comprendía del todo el fútbol pero estaba muy feliz y orgulloso por el equipo, y por supuesto ilusionado por ganar el campeonato. Puebla enfrentaba a Monterrey en cuartos de final y daba lecciones de cómo jugar soccer a los norteños, practicando un fútbol lleno de corazón, energía y entrega. Luego la Franja se enfrentó a uno de los considerados ‘grandes’ en México, pero para variar la grandeza de estos equipos se ve más reflejada en las ayudas arbitrales que en las proezas futbolísticas. Los Pumas visitaron el estadio Cuauhtémoc para llevarse la victoria por 2-1.

Todos sabemos cómo terminó esa historia, después de prácticamente noventa minutos con la victoria 2-0 y una final casi segura contra el Pachuca, un gol en semifinales de los Pumas en Ciudad Universitaria les daba el pase a la final y yo por primera vez derramaba lágrimas por un equipo de fútbol, sinceras y puras como el amor que desde ese entonces profeso por el conjunto poblano.

Ese evento ayudó a cimentar las bases de mi apoyo hacia el Puebla, y aunque después vinieron tiempos muy duros llenos de temporadas para el olvido, malas administraciones y problemas extra cancha, pude por fin considerarme un fanático del fútbol y principalmente del Puebla.

Incluso después de soportar más amarguras que triunfos, esto me ha ayudado a amar más al equipo, porque no muchos aguantan tanto. Conozco personas que le dan la espalda a cualquiera de sus equipos tan pronto una mala temporada los acecha. Gracias a Dios se dieron los factores para no ser de estas personas.

Hoy, 2014, el Puebla Fútbol Club cumple setenta años de historia, y detrás de dos campeonatos de Liga, cuatro Copas México, un Campeón de Campeones y una Copa de la CONCACAF se esconden los corazones de millones de poblanos que como yo tienen su historia de amor con el Puebla. Algunos de nacimiento y otros igual que yo tardaron tiempo en darse cuenta de su bello destino, pero al fin y al cabo todos y cada uno de nosotros fuimos seleccionados para apoyar y defender orgullosamente los colores blanco y azul de la playera con la hermosa franja que cruza por nuestro pecho, para declamar felizmente al cielo que somos seguidores del mejor club de México y del mundo.

Te doy las gracias Puebla F.C por existir, por cambiarme la vida y ser el conducto para que pudiera amar al mejor deporte que existe. Gracias por elegirme, pues muy pocos tenemos la suerte de apoyarte. Estoy seguro que volverán pronto esos tiempos de las anécdotas de mi padre, ya falta poco para que regresen los Carlos Poblete, los ‘Morteros’ Aravena, los Pablos Larios. Porque todos en este club tenemos espíritu de campeones, y tú Puebla, eres y serás sin duda mi tardado pero finalmente amor de mi vida.

Por: Luis Alfredo León